Fue la pelea más épica en la historia del boxeo argentino, pero también la noche más triste por el asesinato de Bonavena (2022)

Fue la pelea más épica en la historia del boxeo argentino, pero también la noche más triste por el asesinato de Bonavena (1)

Yo he visto mil muecas espantadas por el horror cuando su sangre comenzó a bajarle por la cara como una vertiente sin destino. Yo he visto a su hermano Roberto arrodillarse en el césped del “Rand Stadium” pidiéndole a Dios su piedad infinita, a otros humanos tapándose el rostro para ampararse en la ceguera, a cientos de mujeres con la boca abierta y el rostro transparente por la palidez del miedo, a sus amigos en el rincón sudando la desesperación, a los periodistas temblar buscando una explicación.

Yo he visto la noche del 22 de mayo de 1976 en Johannesburgo, cómo un campeón mundial herido, casi ciego, maltrecho y furioso cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: la fe.

Después que Richie Kates le chocara la cabeza abriéndole una herida profunda en forma de “L” sobre el arco superciliar derecho, Víctor Galíndez había “terminado” su reinado. Si el referí sudafricano Stanley Christodoulou hubiera aplicado el reglamento, las tarjetas hasta el momento hubiesen declarado a Kates como ganador. Si el médico de la Comisión de Transvaal, doctor Clive Noble se hubiera impresionado como las 42.125 personas que estaban en el estadio, el dictamen hubiera sido el rotundo basta que se cerraba el capítulo. Si Tito Lectoure – manejador de Galíndez y técnico principal del rincón- hubiera vacilado un solo instante dudando del coraje de su pupilo, una toalla habría dicho basta. Pero esa noche – esa histórica noche – todos se pusieron de acuerdo para darle a Galíndez la última chance. Por distintos caminos, sobre diversas pautas y con diferentes argumentos un referí, un médico y un mánager le dieron la posibilidad para que Galíndez cruzara la frontera hacia la consagración.

El referí dijo: “Fue accidental, si no sigue peleando pido las tarjetas”. El médico dijo: “La herida es profunda, pero no grave, puede seguir un poco más”. El mánager (Lectoure) dijo: “Si paramos nos quitan la corona, no hay más remedio que seguir”. El boxeador después de tres minutos de interrupción en aquel dramático tercer round confesó en medio de la confusión: “Me duele, no veo nada, pero de aquí me bajan muerto, ajústeme los guantes, Tito...”.

Y la historia comenzó a cambiar desde el momento en que el campeón apretó los dientes, disimuló las lágrimas de dolor con la sangre de la herida y comenzó a transitar con frenético estoicismo el valle que sembraba su ilimitado coraje.

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Hasta allí, una pelea: la izquierda de Kates sustentando la distancia propicia para dominar ring, adversario y pelea. Una estructura vertical que esterilizaba las intenciones ofensivas de Galíndez y un desplazamiento de mínimo gasto físico que le permitiría estar siempre en posición de descarga con un elegante estilo de peleador sutil, fino. Ventajas para Kates y panorama expectante para el campeón. Desde el cabezazo en adelante, otra pelea. Galíndez pasó al ataque contra el rival, la herida, el tiempo, el médico, el referí y sus fuerzas. Entre el cuarto y el séptimo asaltos aquellas miradas de horror se transformaron en vivos mensajes de admiración. La gente se levantaba de sus asientos y todo el estadio – menos el sector alto y lejano poblado por los discriminados ciudadanos negros víctimas aún del apartheid – comenzó a gritar: “Vic – tor, Vic – tor” con esesonido extraño y emocionante de la fonética. Si esto se hubiera gritado en “argentino” y en Argentina, el coro sonaría cálido y contagioso; gritado en inglés o afrikans (idioma local) era una plegaria sobrecogedora.

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A medida que Galíndez agrandaba su imagen bajo una máscara de sangre que teñía todo de rojo a Kates parecía achicársele el corazón. Lo del 4°asalto fue excepcional: sin intuir más que un bulto movible empezó y terminó tirando golpes. No recuerdo qué golpes eran, no lo sé, ni podría precisarlos. Eran golpes, yo creo, de un león herido. En el 5º, Kates intentó retomar una línea de calma sin prestarse a la pelea frontal y fue desbordado. En el 6º terminó “groggy” alcanzando por una izquierda en cross después de haber recibido no menos de seis ganchos a la zona abdominal y en el 7º, como obra de un milagro, después de una tunda, la campana salvó a Kates del nocaut ya que el referí, en el mismo rincón del argentino, le contó 9 segundos de caída efectiva al retador de Nueva Jersey.

Aquella noche todo se prestaba para que Galíndez alcanzara en su quinta defensa la consagración definitiva. Primero fue autorizado a seguir cuando en cualquier ring del mundo le hubieran parado la pelea después de recibir el cabezazo. Más tarde fue esa caída de Kates coincidiendo con la campana para que el triunfo fuera menos “fácil”. Y por último el nocaut – ya llegaremos a eso – cuando faltaban doce segundos para terminar la batalla pues aquello fue una batalla, más que un match de boxeo. Al iniciarse el 8º round me sentí superado. Sabía que no podría volcar todo cuanto allí pasaba con minuciosidad descriptiva. Quería anotar cosas y mi mano derecha parecía crispada. Quería ver todo y los ojos no me alcanzaban. Quería escuchar al ámbito y alrededor de mis oídos todo se tornaba ululante, uniforme, de un mismo carácter. Es más, en un momento me pareció vivir el sueño sublime de un crítico de boxeo frente al acontecimiento ideal para novelizarlo: una pelea dramática con todos los matices. Situaciones cambiantes, el campeón herido que parece perdido y va remontando, el duende de una instancia – la lesión – que hace incierta cualquier perspectiva. Además el referí bañado con la sangre de los boxeadores, un público excitado, un reloj demasiado lento para indicar el final de la epopeya y demasiado rápido para humanizar los descansos.

Veo aún el dedo índice de Lectoure penetrando en los tejidos abiertos de la ceja de Galíndez para untarlo con una vaselina coagulante norteamericana que formaba una capa excedente. Veo también las manos de Juan Carlos Cuello –el segundo de la esquina- resbalando a toda velocidad sobre las piernas del campeón. Fijo la premura del profesor Patricio Russo- el preparador físico- vaciando litros de agua helada sobre la nuca y los órganos genitales. Los gritos de Norberto Bianchi – un amigo cercano al que también hemos perdido- , la histeria de Roberto Palmero – su hermanastro-, la preocupación del doctor Roberto Paladino- médico de Galíndez entre otros campeones- que subió varias veces al rincón y llevó desde el hotel la caja de cirugía en previsión a este accidente.

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Pero no es todo: del otro lado, en perfecta diagonal, los esfuerzos por reanimar a Kates son igualmente desesperados. Joseph Granby – el segundo principal- le hace aspirar sales que parecen penetrarle hasta los sesos. Tony Coccaro, el manager, flamea la toalla como si no alcanzara el viento de la noche para que los pulmones de Kates recibieran oxígeno. Y John Middleton, accidentalmente ayudante que en las dos veces anteriores asistió a Galíndez, aprieta la bolsa de hielo contra la cabeza mota de Kates produciendo un shock de vapor, como el de una plancha caliente sobre un paño frío, pero al revés.

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Mientras trato de retenerlo todo, repaso al árbitro en un rincón neutral: sudoroso con la camisa blanca casi rasgada y las mangas, los hombros y los puños teñidos de rojo. De las tribunas parece venir el viento transformado en murmullo, de las butacas emerge el vapor de la histeria, en la lona muere el sudor del sacrificio. Pienso mientras suena a campana para próximo round; ¡que caro es el precio del triunfo! ¡qué difícil la ambición de ser campeón!

En esa noche de gloria Galíndez no apeló a ninguna pausa para determinar pautas técnicas. Ganó porque fue hombre y campeón. Ganó sintiendo la pelea como una actitud frente a su futuro sabiendo que se jugaba algo más que un resultado: la televisación, poco frecuente y selectiva hace 42 años, le abría la posibilidad de conquistar al público hasta ese momento cauteloso con él. Esa era la noche en que Galíndez se consagraba o se hundía. Estuvo a punto de hundirse en el tercer round cuando la lesión habría terminado o un con triunfo por descalificación inexpresivo o con una derrota por puntos lapidaria. Fue triunfo al mejor estilo de los grandes campeones porque después del 10º asalto el verdadero rival era la herida y no Kates quien tambaleante y absolutamente “groggy” volvió al rincón al finalizar el 9º tomándose de las cuerdas ya sin fuerzas en sus puños ni en su corazón.

Cualquier especulador con el público y las tarjetas a favor, habría aprovechado para manejar la pelea y no para de pelear. Galíndez en cambio con sus últimas energías siguió jugándose en procura del nocaut. Pudo ser en el 10º después de un gancho al hígado combinado con un cross de derecha a la cabeza; pudo ser el 14º con un “uppercut” de izquierda abajo. Fue en el 15º en un momento en que todos juegan, miran el reloj, buscan amarrarse para terminar o caminan hacia atrás bailando para impresionar a los jurados demostrando estar en buenas condiciones físicas. Galíndez ensayó sobre el final un golpe que había practicado mucho en los últimos meses: el directo de izquierda de abajo hacia arriba. Un golpe de largo recorrido que va con la carga del hombro, el apoyo del pie izquierdo, el acompañamiento del torso y totalmente suelto como quien pega levemente contra algo cercano caminando por la calle. Así tomo a Kates en la definición, proyectando como quien tira la mano laxa para tomar distancias. Llegó plena al mentón y Kates cayó de espaldas abarcando toda la dimensión de su cuerpo con los ojos cerrados, una respiración dificultosa, los brazos en cruz, la boca entreabierta y un gesto quejoso.

Mientras Christodoulou le contaba, Galíndez, consciente de que Kates no se levantaría, comenzó a festejar el triunfo con frenéticos saltos. Los sesenta metros que recorrimos entre el ring y el camarín fueron el epílogo de una noche inolvidable. Los sudafricanos llevaron a Galíndez en andas luego que el locutor dijera en medio de un profundo silencio: “En la pelea más fantástica de todas cuantas hayamos visto en Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez, retuvo su corona mundial de peso medio pesado de la Asociación Mundial por nocaut en el 15º round”. Yendo detrás de la caravana entre apretujones y vítores volví a sentir aquella extraña sensación de lo pendiente: había que confesarle a Galíndez el secreto cabalmente guardado sobre el asesinato de su ídolo y amigo Ringo Bonavena.

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Pero la angustia no terminó con la pelea pués al llegar al camarín Tito cayó hacia adelante desvanecido; Galíndez extenuado sin líquido ni potasio en su organismo se tiró en la camilla con los ojos cerrados, ocultando su emoción; el profesor Russo estalló en un abrazo prolongado y ferviente con Juan Carlos Cuello… Habíamos llegado al estadio en una camioneta “Combi” cantando. Y ahora después del triunfo, el camarín era un recinto de angustias. De a poco cada uno se fue reponiendo. A medida que regresaba la normalidad, Galíndez recobraba aliento para dialogar con todos, para abrazarse y quedarse en silencio solo consigo mismo. Media hora después, el doctor Paladino dispuso conseguir una sala donde suturarle la herida que aún sangraba. Hizo una consulta con el médico de turno en el estadio, doctor Clive Noble y resolvieron que era mejor llevarlo al cercano “General Hospital”. La policía abrió paso con dos motociclistas y en diez minutos la “Combi” manejada por Dave Panayi – asistente y chofer durante los doce días – llegaba al hospital. El propio doctor Noble se ofreció para llevar a cabo la sutura que requirieron dos inyecciones previas de Xylocaína sobre la zona afectada. La herida, en forma de L, tenía mayor longitud horizontal que vertical sobre la ceja derecha. El doctor Noble, asistido por la enfermera Marianne Kester limpió primero el tejido negro, muerto, necrosado que había producido el coagulante aplicado durante la pelea. Una vez que hubo limpiado todo, dejó el profundo hueco con el tejido rojo y los labios de la ceja abiertos. Luego comenzó la sutura: siete puntos en total, cuatro a lo ancho y tres a lo largo. Mientras lo cosían Lectoure tomó la mano derecha del campeón al tiempo que el doctor Paladino y yo le sujetábamos los brazos.

Se produjo un silencio tan profundo que por tal pareció estridente; quienes lo teníamos tomado nos manejamos con señas visuales. Finalmente, Lecture tiró la primera frase sobre la peor noticia.

-Víctor, mirá… te lo tenemos que decir…-¿ Qué pasó?, dele Tito, ¿pasó algo en mi casa?.– No, no, en tu casa no pasó nada, quedate tranquilo.-, fue la respuesta.-¿ Y entonces, dónde, con quién?, preguntaba un angustiado Galíndez.-Bueno te lo digo de una por que igual ya no hay nada que podamos hacer…-, exclamó Paladino. Y tras él completé la penosa información:-Víctor, esta mañana en Reno, Nevada, asesinaron a Ringo, si a Bonavena…-

Faltaban dos puntos para cubrir la herida. Galíndez resignó las piernas, se fue derritiendo con la aguja clavada en la ceja y antes de tocar el piso gritó con la poca voz que le quedaba: “Nooo!!!, no puede ser, no puede ser…!!!”.

El regreso del campeón al hotel fue un solo y angustiado llanto. Aquello que no pudieron mil golpes de temibles rivales, las múltiples heridas, cruentos dolores y terribles lesiones lo pudo ésta triste novedad. Para Galíndez había muerto alguien más que un deportista admirado, se había ido su amigo, su ídolo, un soporte fundamental y tal vez esa figura contenedora y paternal que siempre supo alentarlo. El gladiador triunfante de la epopéyica noche nunca encontró consuelo…

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También su muerte fue absurda y prematura pues apenas retirado del boxeo se dispuso a competir en Turismo Carretera y en su primera experiencia como automovilista fue como acompañante de Antonio Lizeviche en la “Vuelta de Veintinco de Mayo” ( 26 de octubre de 1980). Lizeviche abandonó la carrera, Galíndez se bajó del auto y caminando de regreso a los boxes por la banquina lo atropelló mortalmente desde atrás el piloto Marcial Feijóo.

Esta fecha, la del 22 de mayo de 1976 el destino une en el espacio asimétrico de la evocación el asesinato de Ringo y la epopeya de Galíndez, quienes quedaran unidos en la memoria. Para siempre.

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Author: Wyatt Volkman LLD

Last Updated: 09/29/2022

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